
En la selva tropical no hay pizarrones, algoritmos visibles, ni salas de juntas. Sin embargo, cada día se toman decisiones colectivas que determinan quién come, hacia dónde se mueve el grupo y cómo se mantiene la cohesión social. En ese entorno complejo e incierto, los monos araña resuelven problemas que, en muchos sentidos, se parecen a los nuestros. ¿Qué pueden enseñarnos sobre trabajo en equipo, coordinación y toma de decisiones? Mucho más de lo que imaginaríamos.
En el Instituto de Investigaciones en Matemáticas Aplicadas y en Sistemas (IIMAS), el doctor Gabriel Ramos Fernández, del departamento de Modelación Matemática de Sistemas Sociales (MMSS), investiga las dinámicas sociales y las características que surgen de estas, “me interesa cualquier sistema en el que surjan propiedades emergentes a partir de las interacciones entre sus componentes, un problema muy general que podemos ver en sistemas tan distintos como un tejido compuesto por células, cuya forma y funcionamiento se derivan de cómo interactúan entre sí, hasta una sociedad, donde sus características, su capacidad para resolver problemas o resistir perturbaciones dependen, en gran medida, de la interacción entre las personas que la conforman”, explica.
Desde hace varios años, el doctor Ramos Fernández ha trabajado con sociedades de animales no humanos, particularmente con monos araña, y las estudia desde esa misma perspectiva, es decir, sin perder de vista la estructura social y un sistema social que no está impuesto desde fuera, sino que emerge de lo que los individuos hacen y de cómo interactúan entre ellos.
Los monos araña viven en un sistema social conocido como fisión-fusión. Esto significa que el grupo no permanece unido todo el tiempo; se divide en subgrupos pequeños (fisión) y, posteriormente, se reintegra (fusión). Esta dinámica no es aleatoria: responde a la disponibilidad de recursos, a las relaciones sociales y a la información que cada individuo posee sobre el entorno.
Según Ramos Fernández, este sistema permite observar que la estructura social no es algo rígido, sino un patrón que emerge continuamente.
En términos prácticos, cada mono tiene información parcial del bosque: conoce ciertos árboles frutales, recuerda rutas específicas o mantiene vínculos preferenciales con determinados individuos. Cuando el grupo se fragmenta en subgrupos pequeños, optimiza la búsqueda de alimento en un entorno donde los recursos están dispersos. Cuando se fusiona, fortalece vínculos y comparte información. Esto está detrás de la hipótesis de las últimas investigaciones: la inteligencia no reside en un líder permanente, sino en la red dinámica de interacciones.
Así pues, dicha información “no se está transmitiendo a través de alguna señal específica. Cuando un integrante de algún grupo no sabe dónde hay alimento, simplemente sigue a otro”, menciona. En el sistema de fisión-fusión, los individuos se separan, exploran distintas áreas y luego coinciden. Si uno descubre recursos mientras estaba en otro subgrupo, los demás pueden beneficiarse simplemente al seguirlo, sin que exista un llamado explícito, es decir, “hay una transmisión de información, a pesar de que no hay un mensaje o una vocalización específica”, añadió.
Este comportamiento no es exclusivo de los monos araña, también se observa en aves marinas e incluso en humanos: basta con observar y seguir a quien parece saber algo que se desconoce. Así, el conocimiento colectivo no depende solo de hablar, sino de estar atentos, coincidir y aprovechar la experiencia de otros.
La investigación del doctor Ramos Fernández también implicó el desarrollo de un modelo que consiste en la superposición de polígonos de distintos colores que representan las áreas donde cada individuo concentra sus movimientos durante una temporada. Al comparar estas áreas, observaron que los espacios de uso coinciden solo parcialmente, es decir, existe una zona central muy utilizada por todos, pero conforme uno se aleja aparecen áreas frecuentadas por ciertos individuos, e incluso zonas conocidas únicamente por uno.
De modo que el conocimiento del territorio está distribuido: cada mono posee información única sobre ciertas áreas, mientras que en las zonas compartidas existen oportunidades para intercambiar esa información. Así, el sistema parece funcionar mejor cuando hay un equilibrio entre redundancia (áreas que todos conocen) y conocimiento exclusivo (zonas que solo algunos dominan), permitiendo que el saber colectivo se construya a partir de aportaciones individuales y momentos de coincidencia.
El funcionamiento del sistema de fisión-fusión depende de una capacidad fundamental: la inteligencia social.
Esto implica modular la conducta según el contexto: “por ejemplo, si yo sé que mi enemigo no está ahorita en este subgrupo, pues a lo mejor estoy más relajado, pero cuando el enemigo está, entonces ya tengo que ser más flexible en términos de mis comportamientos. No me puedo llevar con todos igual, de la misma manera”, plantea el doctor Ramos Fernández.
En las sociedades humanas ocurre algo similar. Equipos de investigación, comunidades académicas o grupos interdisciplinarios enfrentan problemas complejos que ningún individuo puede resolver de forma aislada. Lo que marca la diferencia no es únicamente la capacidad cognitiva individual, sino la calidad de las interacciones: cómo se comparte la información, cómo se ajusta el comportamiento al contexto y cómo se integra la diversidad.
Con el propósito de ampliar esta línea de investigación, se está creando el Laboratorio Interdepartamental de Interacción Social en el IIMAS. Su objetivo será estudiar cómo grupos de personas resuelven tareas colectivas. “La hipótesis es clara: mientras más complementaria sea la información entre los miembros, mejor será el desempeño del grupo; en cambio, equipos formados por personas con perfiles idénticos tienden a ser menos eficientes para resolver problemas complejos”, asegura.
En esta investigación, además del doctor Gabriel Ramos —quien contó con el apoyo del Programa de Apoyos para la Superación del Personal Académico (PASPA) mediante una beca de estancia sabática en Escocia—, participaron destacados investigadores internacionales, entre ellos, Ross S. Walker, del Departamento de Matemáticas y el Instituto Maxwell de Ciencias Matemáticas de la Universidad Heriot-Watt; Matthew J. Silk, del Instituto de Ecología y Evolución de la Universidad de Edimburgo; Denis Boyer, del Instituto de Física de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); y Sandra E. Smith Aguilar, post-doctorante del Instituto de Investigaciones en Matemáticas Aplicadas y en Sistemas (IIMAS-UNAM).
“Bajo esta premisa, los sistemas complejos —biológicos o sociales— no dependen solo de sumar las capacidades de cada uno, sino de una red de conexiones que permite lograr resultados que nadie podría alcanzar por su cuenta”.
En la selva, esa red adopta la forma de fisión-fusión constante. En nuestras instituciones, puede manifestarse como colaboración interdisciplinaria, adaptación organizacional o inteligencia colectiva. No se busca quién es el más brillante, sino cómo interactúan los distintos talentos.
Tal vez, en el dosel del bosque tropical, los monos araña estén ensayando —desde hace millones de años— un modelo de cooperación que apenas comenzamos a entender.
¿Te interesa saber más sobre la inteligencia colectiva en monos araña? Encuentra todos los detalles en el artículo original disponible en https://doi.org/10.1038/s44260-025-00060-0